En el mundo romano, Salus significaba salvación e integridad física. Una diosa cuyo mandato era salvar a Roma, proteger el cuerpo colectivo. Saludar a alguien —literalmente, desearle salus— era reconocer que la vida humana es, de hecho, precaria; y que uno le desea al otro que permanezca entero, que el mundo no lo destruya. De ahí viene directamente la palabra saludar, como gesto de desearle el bien al otro.
En el español medieval, pasó a cerrar los brindis, las despedidas y los buenos augurios entre la gente que compartía causa y comunidad. Salud se convirtió en una alternativa secular a adiós —que viene de “a Dios”— o a “vaya usted con Dios”. Decir salud pasó a ser, sutilmente, una declaración de laicismo: el bien que te deseo no viene del cielo, sino de esta tierra compartida.
Una palabra que, en principio, podría ser apenas la ausencia de enfermedad, termina siendo parte del lenguaje político. Desearle salud a alguien es decirle que su continuidad en el mundo te interesa; que no eres indiferente a su integridad, a su vulnerabilidad.
Cuando la bandera tricolor asomó por los balcones españoles, un día como hoy de 1931, la elección del lenguaje cotidiano era también la forma del ciudadano común de incorporarse a la gramática de lo posible. Como una “intuición republicana”, compartir el pan y el vino era también participar en la democratización, en el florecimiento de la segunda república, un martes de abril. Como la primavera, España podía ser, al fin, de todos.
Pero el tiempo se bifurca hacia innumerables futuros. Aquella república fue uno de esos futuros que existió y que, sin embargo, pertenece a la categoría de lo que pudo ser. Como la correspondencia secreta entre el duende lorquiano —esa fuerza que sube por la tierra y estremece— y la energía que recorrió España en aquellos años. La república española tiene un viso espectral: el surgir de un monumento cuya caída fue estrepitosa; una historia apenas recordada por los hijos de sus hijos.
Salud y República funciona como un termómetro de cierto corpus de valores, una declaración de principios que nos separa del gran maligno que amenaza, nuevamente, con pasar sobre todas las cosas. También en la Guerra Civil, Salud y República era una forma de militancia cotidiana: un saludo laico y corpóreo, bastante más físico que un lema que se desgasta con la repetición. Además, era la forma de dejar marcado el lado de la trinchera al que pertenecían, dicho bajito y siguiendo la intuición de estar juntos en algo frágil.
Hoy apenas es un atavismo, un pie de foto para carteles de antaño. Pero me atrevo a ponerla en papel porque, aunque no sea mi patria primera, el fuego de la república española quema allá donde lo lleven. En Cuba también se quedó una a medias, una que pudo ser. Me atrevo a escribir sobre la tricolor precisamente para recordar, para dibujar sobre blanco ciertos centros de gravedad, para reivindicar los nudos de la historia que nos acerca como los humanos que somos. También nos acercan las guerras, la ausencia de libertad, cóncavo y convexo de una misma enfermedad mental, como dijo precisamente un maestro que se enfrentó al bando de los malos.
Quizás es eso lo que queda del imaginario republicano en una sociedad que se desboca entre derecha e izquierda: apenas una disposición del alma. Y Salus, en cada inicio y fin de la memoria, nos trae la convicción de que la salud del cuerpo y la mente, de los pueblos y las naciones, se construye entre todos o no se construye. Que el bien común no es una abstracción generosa, sino la condición de posibilidad de cualquier bien particular.
¡Salud!, entonces, e igualdad y libertad.
Salud y República.
