Cada día me cuesta más trabajo tratar a mis pacientes. La suspicacia que muestran antes la medicación que les propongo me pone en una situación compleja en la que yo, que trato de no ejercer de figura autoritaria, a veces pienso en recetarles una pastilla sin darles más explicación y cuestionarlos si no la toman, “por su propio bien”. Así hacen, por ejemplo, muchos oncólogos, cirujanos u otros especialistas cuya posición de guardafronteras entre la vida y la muerte les da un poco más de margen para actuar. Pero mis tratamientos son menos invasivos, de ellos no depende la vida de mis pacientes. Eso sí, gracias a ello sus vidas mejora ostensiblemente, pero a veces siento que, si los convenzo con mayor vehemencia, estoy participando de una publicidad de la que se nos acusa pero que no es cierta.
Cada día mis pacientes me preguntan más por los fármacos, me cuestionan detalles tan prolijos como la fármacodinamia, el componente activo, el financiamiento, las empresas. Yo, que me he preparado para hacerle frente a tan nueva situación, profundizo al menos sobre los míos, los que receto cada día. Cada especialista conoce sus armas, no muchas más, la infinitud del conocimiento médico no te permitiera ejercer de otra forma. Pero mis pacientes cuestionan las vacunas ARN, las grandes farmacéuticas, los tratamientos de cien pastillas tanto como los de doce, la mamografía, los protectores solares, las indicaciones dietéticas. Tienen la teoría de que los queremos enfermos, de que nuestros intereses responden al gran imperio de las tres o cuatro farmacéuticas que gobiernan el mundo.
En un mundo en que futbolistas e influencers son “divulgadores” de temas de bienestar y salud, ser el médico convencional, tras la mesa de la consulta y los pocos quince minutos correspondientes, nos pone en desventaja frente al creciente problema de salud pública que es la desinformación. Un problema para el que aún no se conforma un corpus legal. Y sufrimos. Sufrimos porque sabemos que podemos ayudar, pero la gente no confía ya en nuestra institución.
La culpa, por supuesto, es nuestra. A la ciencia no le gusta salir de su torre de marfil, apenas asomar la cabeza. Estudiar medicina sigue siendo un privilegio y los profesionales de la vida se creen poseedores de algún don divino. La arrogancia de los médicos juega en contra de la gente que salva solo por una cuestión: la vocación de servicio suele ser hueca, falsa, y suele alimentar un ego que al paciente apenas le incluye. Es por ello que apenas nos acordamos de los nombres de pacientes que vemos cada semana, cada año, a veces cada día. A veces, incluso, nuestros pacientes no conocen el tipo de cáncer que los carcome por dentro y tienen preguntas. Preguntas simples y cotidianas. Todas las respuestas las tiene la inteligencia artificial, Google y Youtube, Instagram y TikTok.
Y puede ser que la homeopatía no sirva para nada, pero la gente la compra en nombre de nuestras ausencias, por nuestra falta de argumentos y nuestra sensación de impunidad, como la culpa de que vayan a un coach es de no poder pagar un terapeuta y la culpa de que vayan al “médico integrativo” es la lista de espera de un doctor que no sale de detrás de una pantalla. Satanizar estos métodos alternativos hará fracasar la estructura una vez más, porque dejaremos a la gente sin soluciones a un problema que sigue en el mismo lugar. Cuestiones que no se arreglan en las bocas de los políticos, ni siquiera de los que responden por la sanidad de un país o son más o menos similares a nuestros valores.
Por supuesto que una persona que comunica bien y tiene dos millones de seguidores (a veces más) va a hacerle sentir a mi paciente que su cáncer es culpa de la propia institución médica. Que el “Supremo”, el “Gran Maligno”, nos quiere enfermos. Que el cáncer no se cura con quimio sino con cierta dieta, con ciertos horarios de sol, con ciertos retiros.
Tenemos que aceptar que su teoría de conspiración crece y se nutre con nuestras fallas y nuestras ausencias. Es cierto que las grandes industrias farmacéuticas, el Estado, ciertas trasnacionales, nos quieren enfermos. Nos necesitan enfermos. Ahí tienes el ejemplo de Philip Morris, de Coca Cola, de la industria del alcohol. Culpo a las televisoras, que prefieren invitar a un futbolista que a un dermatólogo para hablar de cáncer de piel. Culpo a Fiesta por sus chuches y a la industria cárnica por colocar el cáncer de colon en los tres más temidos. Pero no es cierto queKatalin Karikó y Drew Weissman pensaban en enfermar a la humanidad cuando en tiempo récord descubrieron ciertas modificaciones de bases de nucleósidos que luego sirvieron para el desarrollo de vacunas ARNm. No. Ellos salvaron a media humanidad y por ello tienen un Nobel. No es cierto que tu médico de cabecera gana dinero por recomendarte uno u otro ungüento. Quien sí gana dinero es tu influencer favorito por recomendarte una “alternativa” para depurarte de las vacunas de tu infancia (suerte para la humanidad que tal cosa no es posible).
Las ciencias médicas tienen un nuevo reto: sobrevivir a la inteligencia artificial y las redes sociales. No tengo dudas de que se tipificará la desinformación sanitaria como un delito. El tema nos preocupa a todos. Pero para enfrentarnos al debate hay que buscar alternativas, hay que reconocer que nos están ganando, hay que reconocer que el lloriqueo y los puños sobre la mesa no son la solución. Hay que reestructurar la forma en la que entendemos la medicina, planteémonos el deber de comunicar la ciencia, aprendamos sin desprecio de las humanidades y las ciencias sociales. La salud pública es una ciencia médica, pero también es una ciencia social.
Si eres médico, si eres una autoridad sanitaria, conoce a tus pacientes, apréndete sus nombres, dedícales tiempo, sé bondadoso. La estructura puede no cambiar, pero la vida de esa persona probablemente sí lo haga.