A propósito del informe «More than a mother: a deep dive into women’s health and mortality»
Durante décadas, la salud de las mujeres se ha entendido principalmente desde la capacidad reproductiva de la mujer y a través de la maternidad. El embarazo y el parto son experiencias transformadoras, biológica y psicológicamente misteriosas, es por ello que estos temas han concentrado la inversión y la atención de las políticas sanitarias a lo largo de la historia. Es por ello que la salud materna es uno de los fieles medidores de la salud de todo un país, incluso un buen argumento político para hablar de uno u otro mandato presidencial.
Un nuevo análisis de la Oficina Regional Europea de la Organización Mundial de la Salud (OMS), publicado el 18 de agosto de 2026, amplía ese enfoque y traza un panorama mucho más amplio de lo que determina la vida y la muerte de las mujeres.
El informe analiza datos de mortalidad de 53 países, que incluye Asia central y partes de Asia occidental, entre 2000 y 2022, usando promedios quinquenales (2018–2022) para suavizar fluctuaciones anuales. Los datos han mostrado algunas cuestiones interesantes, abriendo debates y reestructurando políticas sanitarias.
Más allá de la maternidad: la persistencia de la desigualdad geográfica
La mayoría de las muertes de mujeres ocurren fuera del periodo materno, algo que el informe corrobora. También afirma que las mujeres viven más años que los hombres, pero viven peor. Esos años adicionales suelen transcurrir con enfermedades crónicas y discapacidades que reciben menos inversión y atención sanitaria que la salud reproductiva, por ejemplo, o las enfermedades más relacionadas al sexo masculino. Por otro lado, hay padecimientos de los cuerpos feminizados que siguen siendo misterios: el cáncer de ovario, la endometriosis, la fibromialgia, los abortos de repetición, por mencionar algunos. Igualmente pasa con la menopausia, la pubertad, la sexualidad de las mujeres.
Los sesgos de género se entrelazan con los geográficos: El lugar de residencia sigue siendo un factor determinante en la esperanza de vida saludable de las mujeres. Las mujeres de Asia central, Europa oriental y Asia occidental presentan tasas de mortalidad sustancialmente más altas que las de Europa septentrional, meridional y occidental, una brecha este-oeste que se ha mantenido estable durante más de veinte años. Y aunque el informe no menciona regiones que les son ajenas, los datos de América Latina y el Caribe asemejan el patrón europeo, agravado.
Los registros de muertes
Uno de los datos más novedosos del informe examina el proceso de certificación de la causa de muerte como fuente de sesgo de género, un punto de vista poco frecuente en la epidemiología y las políticas de salud. Los hombres tienen tasas de mortalidad más altas que las mujeres en prácticamente todas las causas principales de muerte a partir de los 45 años. Al analizar cómo se clasifican esas muertes, las mujeres mayores de 45 años tienen un 14% más de probabilidades que los hombres de que su causa de muerte se registre como «mal definida», usando términos como fragilidad, paro cardíaco, insuficiencia cardíaca, demencia no especificada o causa desconocida. Esta cifra convierte el infradiagnóstico femenino, en un dato medible y comparable entre países.
Esta diferencia responde en parte a la mayor longevidad femenina y a la acumulación de comorbilidades en edades avanzadas, que complican la certificación. Existe además evidencia creciente de que las mujeres reciben diagnósticos más tardíos, son menos investigadas clínicamente y están infrarrepresentadas en la investigación médica, especialmente en enfermedad cardiovascular, la primera causa de muerte en ambos sexos. Esta enfermedad se presenta de forma distinta en las mujeres y suele pasar desapercibida, lo que influye tanto en cómo se las trata en vida como en cómo se registra su muerte.
La violencia de género: una causa fundamental de mortalidad
El informe pone en el mismo eje de análisis la mortalidad materna y la mortalidad por causas violentas, algo que rara vez se representa en un mismo gráfico en la comunicación sanitaria oficial. Las mujeres tienen más probabilidades de morir por violencia que por complicaciones del embarazo o el parto. Los datos disponibles probablemente subestiman la magnitud real del problema, dado que la violencia contra las mujeres sigue siendo difícil de medir por el estigma, las normas sociales y las barreras legales para denunciar.
El riesgo de violencia se extiende a lo largo de toda la vida de una mujer, más allá de la juventud, con la que suele asociarse en el imaginario colectivo. Las mujeres mayores siguen sufriendo violencia de pareja, abuso psicológico y riesgo de feminicidio, un dato que rara vez se incorpora a las políticas de salud dirigidas a la vejez femenina, centradas casi siempre en lo clínico.
La magnitud global del problema ya es considerable en cualquier tramo de edad. Estimaciones de la OMS de 2023 calculan que 840 millones de mujeres en el mundo, una de cada tres, han sufrido violencia física o sexual de pareja o violencia sexual fuera de la pareja a lo largo de su vida. Ese dato agregado esconde un sesgo en su propia construcción, porque la inmensa mayoría de las encuestas que lo alimentan preguntan a mujeres de entre 15 y 49 años y dejan de recoger información a partir de esa edad, mientras el riesgo de violencia continúa a lo largo de la vida. La propia OMS reconoció en 2024 que las mujeres mayores están representadas en apenas el 10% de los datos globales sobre violencia contra las mujeres, y estudios anteriores documentaron que solo 66 de 392 estimaciones de un informe de referencia de la organización incluían a mujeres mayores de 49 años, y que en 2013 apenas el 17% de los estudios sobre violencia sexual consideraba a esa franja de edad.
Este límite metodológico invisibiliza, además, formas de violencia que cambian con la edad y que los instrumentos diseñados para mujeres jóvenes no siempre capturan. El abuso económico, el control coercitivo ejercido por hijos o cuidadores, la restricción física o farmacológica y el aislamiento social forman parte del repertorio de violencia que enfrentan las mujeres mayores, junto con la violencia de pareja que puede haberse sostenido durante décadas de convivencia. El riesgo de feminicidio persiste a lo largo de toda esta etapa, y coexiste con una red de servicios de protección, denuncia y atención que en la mayoría de los países se diseñó pensando en mujeres jóvenes, con escasa capacidad para responder a las dinámicas específicas de la vejez. Cerrar esta brecha de datos es, según señala la propia OMS, un requisito para que los programas de prevención y atención lleguen también a este grupo, hoy prácticamente ausente de la estadística oficial.
La lógica estructural
La invisibilidad estadística de las mujeres mayores en los sistemas de mortalidad responde a un diseño histórico de la vigilancia epidemiológica, construida alrededor de lo que amenaza la capacidad productiva y reproductiva de una población. De ahí que la maternidad cuente con indicadores robustos desde hace más de un siglo. Mientras, la mujer de setenta años con insuficiencia cardíaca es etiquetada como «frágil» y queda fuera de la vigilancia epidemiológica y estadística certera. Dicho patrón atraviesa la historia de la salud ocupacional, construida en torno al cuerpo masculino como fuerza de trabajo.
Violencia, enfermedad crónica, discapacidad y sesgo diagnóstico funcionan como un mismo fenómeno en la mujer. La violencia bien puede ser mortal o producir lesiones y situaciones de estrés crónico que se somatizan en patologías frecuentes que terminan certificadas como causas orgánicas mal definidas, al dejar el contexto vital fuera del cuadro clínico. Este es el marco de las sindemias que propuso el antropólogo médico Merrill Singer: las condiciones que se agravan mutuamente dentro de un mismo contexto social de desigualdad, integradas entre sí en lugar de coexistir por azar.
Registrar «insuficiencia cardíaca» como causa final es, en la práctica, una barrera en la investigación de los determinantes sociales de la enfermedad, del mismo modo que los sistemas de codificación clínica decide qué cuenta y qué queda fuera de los datos, construyendo un mapa incompleto de la enfermedad femenina. Este, por supuesto, tiene consecuencias presupuestarias y políticas, no solo estadísticas. Los datos mal definidos distorsionan la epidemiología y la asignación de recursos futuros, porque los planes estratégicos que dan luces a las prioridades de cribado, investigación e inversión se construyen sobre las mismas bases de morbi-mortalidad.
La carga de enfermedad de la mujer mayor, subestimada en los registros, se traduce en menos financiación e investigación, en ausencias y vacíos de la gobernanza futura.
Una comparativa con América Latina y el Caribe
El contraste con la región latinoamericana y caribeña resulta revelador, aunque los indicadores no siempre son directamente comparables por diferencias metodológicas y de periodo. En la Región Europea adherida a la OMS se registraron unas 3.500 muertes maternas en todo el periodo 2018–2022, mientras que en América Latina y el Caribe se producen cifras similares cada año: unas 7.850 muertes maternas en 2023, frente a 9.210 en el año 2000. Esto equivale a una razón de mortalidad materna regional de 59 por cada 100.000 nacidos vivos, muy por encima de la meta de 30 fijada por la Organización Panamericana de Salud para 2030, con una disparidad amplia entre países, desde 10 muertes por 100.000 nacidos vivos en Chile hasta 328 en Haití.
La pobreza actúa como un eje central de esta desigualdad. Un informe conjunto de la CEPAL y la OPS registra que la mortalidad materna entre las mujeres más empobrecidas de la región es más de siete veces superior a la de las más ricas, una característica que se camufla tras el halo del acceso (casi) universal a la atención perinatal en Europa.
El patrón que la OMS documenta para Europa sobre la violencia como riesgo subestimado se repite en Latinoamérica, con una escala considerablemente mayor. La CEPAL registró al menos 3.897 feminicidios en 2023, unas 11 mujeres asesinadas cada día, víctimas de la violencia machista, y estima que entre el 63% y el 76% de las mujeres de la región han sufrido algún tipo de violencia estas razones a lo largo de su vida.
No existen en América Latina y el Caribe estudios sistemáticos equivalentes sobre el infrarregistro de causas de muerte en mujeres mayores de 50 años, un ángulo de investigación abierto y una oportunidad para el periodismo de datos y la investigación.
Lo que propone la OMS
El informe plantea mejoras en tres frentes técnicos. El primero es el diagnóstico, con investigación clínica más inclusiva, mayor conciencia de los sesgos implícitos, de las barreras socioeconómicas, garantizando prácticas diagnósticas más equitativas. El segundo es la vigilancia poblacional, con datos de calidad sobre los cuidados y mayor visibilidad de las mujeres mayores de 50 años en las estadísticas de salud. El tercero es la cuantificación y desambiguación de la mortalidad, con mejor certificación de causas de muerte y mayor especificidad en la codificación.
El informe hace también un llamado a los Estados miembros: incorporar la violencia contra las mujeres en las políticas nacionales de salud, garantizar servicios esenciales incluida la atención post-violación, eliminar barreras de acceso para las supervivientes y crear mecanismos de rendición de cuentas.
Al final, vivimos en una sociedad envejecida cuyas cargas más pesadas caen sobre los hombros de las mujeres, precisamente mayores de 50, 60 años, que enferman más y viven peor. Trabajar en ello comienza siempre por recoger en datos y crear evidencia que respalde el lugar que merece la salud femenina en la financiación, la investigación, el diagnóstico y tratamiento, la calidad de vida.