El cáncer: un objeto literario

Un texto originalmente publicado en Dialektika

¿Has pensado alguna vez cómo vas a morir? Probablemente, sí. Probablemente, no quieras saberlo antes de tiempo. Sin embargo, según tu código postal, la muerte es selectiva: las posibilidades se inclinan a males del corazón o a tener cáncer. En Europa, por ejemplo, uno de cada dos hombres tiene cáncer a lo largo de la vida, el equivalente a lanzar una moneda al aire y elegir cara o cruz. Si eres mujer, la estadística se alivia un poco: una de cada tres. Aún así, el cáncer de mama es el más prevalente de todos y, dependiendo de dónde vivas, tienes más o menos chances de sobrevivirlo. Por ejemplo, las mujeres madrileñas son privilegiadas: tienen la mayor esperanza de vida de toda Europa.

Los estudios y referencias al tema son bastante antiguos. La coincidencia lingüística del cáncer con las constelaciones como metáfora natural nació en la Antigua Grecia, de las observaciones de Hipócrates sobre el dibujo de un cangrejo (del latín cancer y el griego karkínos) como un tumor duro cuyas patas se extienden e infiltran en los tejidos. La astrología grecorromana alimentó la coincidencia simbólica del signo zodiacal con ese animal que crece en nuestro interior y vive alimentado por nuestra emocionalidad, como el enemigo oscuro de Baudelaire, que crece y se fortifica con nuestra propia sangre:

El miedo al cáncer es histórico. No obstante, la sobre información nos ha hecho creer que es un miedo nuevo del mundo desarrollado. Hoy hay más cáncer que nunca, principalmente, gracias al desarrollo tecnológico de nuestra época. Si diagnosticamos más y mejor, los números crecen. Así, la biotecnología ha permitido no solo diagnosticar mejor sino más rápido, tratar de formas más eficientes, prevenir, cribar poblaciones enteras. Hoy el cáncer se cura más que nunca; a veces, se cronifica y logramos vivir con él como quien vive con cualquier otra patología. Además, como somos más longevos, con los años crece la probabilidad de desarrollar un cáncer. El primer factor de riesgo para ello es uno que no se puede modificar: la edad. Sin embargo, a pesar de las buenas noticias del presente, el cáncer sigue siendo una enfermedad aterradora. Ocurre, sobre todo, por su naturaleza radicalmente azarosa para la que la ciencia aún no tiene fórmula. Es impredecible: en Europa el 50-60 % de los cánceres se curan. Hay algunos que tienen tasas de supervivencia que sobrepasan el 80 % si son detectados a tiempo, pero el porcentaje de letalidad es igualmente alto en términos epidemiológicos. Además, los costos para la investigación son multimillonarios y los modelos económicos dominantes deterioran la salud colectiva.

El futuro de la cura del cáncer es la precisión: diseñar un tratamiento especial para los requerimientos de cada persona. Por supuesto que eso implica que las inequidades se acentúen. La «medicina de precisión» salvará muchas vidas en lugares como Madrid y será imposible de practicar en el 80 % de la población mundial.

El cáncer ha sido narrado a través de siniestras metáforas, siendo él mismo la mejor analogía para nuestra época. El cuerpo tiende a estar saludable, mientras que, a su alrededor, casi todo lo daña. Estamos expuestos a gran cantidad de información sobre los microplásticos, las radiaciones, el radón, los cosméticos, el desodorante, las hormonas, parir o no parir, lactar o no lactar, las carnes procesadas, el alcohol, el tabaco… la lista es infinita e insoportable. Las grandes industrias del tabaco y el alcohol (fundamentalmente) han ganado la batalla de la comunicación: el marketing le ha hecho creer al sistema sanitario y al ciudadano promedio que la responsabilidad es del individuo.

La gente del mundo desarrollado está obsesionada con el wellbeing (que no es igual a salud), y no le teme a cualquier enfermedad, le teme exclusivamente al cáncer, cuya carga simbólica mata tanto como sus metástasis. Un diagnóstico así aparece como una invasión despiadada: frena tu vida y la de los tuyos, te aplasta con una gran culpa que crece con la reserva y el paternalismo de los médicos. A veces un paciente muere de cáncer sin tener idea de su propio padecimiento. Los médicos se inventan neologismos para no llamarlo por su nombre. «No me entero de nada en concreto», dijo Kafka en una carta enviada desde el sanatorio en el que más tarde murió: «todos se expresan de manera tímida, evasiva, mortecina». Nuestra sociedad teme al diagnóstico porque no ha aprendido a convivir con la muerte y, en el imaginario occidental, el cáncer es sinónimo de muerte. San Jerónimo seguramente pensaba en el cáncer cuando señaló: «aquel hombre de vientre hinchado está grávido de su propia muerte».

Hay autores clásicos que afirman que la misma palabra cáncer ha llegado a matar a ciertas personas que no habrían sucumbido tan rápidamente a la enfermedad que los aquejaba. El lenguaje importa: si «el fascismo se extiende como el cáncer», se promueve el fatalismo, se invita a simplificar lo complejo y se nombra un mal del cuerpo que lleva implícito todo un genocidio.

La empatía que requiere una persona a la que se le acaba de diagnosticar un cáncer es tal que pocas veces los acompañantes son capaces de gestionarla. El estado mental de cada uno fluctúa de formas inesperadas y, cuando las células malignas sobrepasan su propio límite, la medicina se enrarece ante las bruscas transformaciones del carácter, cuya influencia en el devenir del cuerpo es aún un misterio. La desmoralización y la culpa de los pacientes aceleran el mal del cuerpo de forma misteriosa, lo que acentúa la culpa y el resentimiento de los cuidadores. Esta espiral mortífera solo se detiene con la desmitificación de la enfermedad, «(…) y toda enfermedad no es más que el amor transformado», dijo algún paciente del Sanatorio Berghog en el mundo ficticio de Thomas Mann. Tanto es así que el cáncer se asocia con ciertos tipos de personalidades: resentidos, inhibidos y neuróticos, aguantones y amargados. «Se proyecta sobre la enfermedad lo que uno piensa sobre el mal», dijo Susan Sontag, muerta de cáncer, «y así se proyecta a su vez la enfermedad sobre el mundo».

Los médicos que acompañan a una persona al final de su vida, en caso de que el cáncer tienda a ello, se enfrentan continuamente a dilemas éticos. Proporcionar alivio, proteger la dignidad de la persona en la vida y en el proceso de morir, y respetar su autonomía son cuestiones básicas. La validación y la claridad se vuelven herramientas médicas de muy alta eficacia. Lo complejo comienza cuando se involucran ideologías, religiosidad, filosofías de vida y expectativas tanto del paciente como del médico, que tiene que hacer malabares éticos e intelectuales para no caer en el ensañamiento terapéutico de querer prolongar la vida de una persona que sufre o simplemente se rehúsa.

Tan complejo es que no hay consenso. Todo siempre depende. La ciencia resuelve cada vez más problemas, pero, al mismo tiempo, se percata de otros para los que no tiene solución. Esto nos puede salvar de la obstinación de creer que existe una sola forma del conocimiento, obstinación que se mantiene aun cuando vemos pacientes cuya fe (en sus dioses o en el amor de sus acompañantes) los mejora y, con suerte, los cura. Es por ello que, en los mejores servicios de salud, se buscan voluntarios para brindar apoyo a pacientes que atraviesan un cáncer en soledad: gente que los acompañe a coger el metro y a darse sus radiaciones, que los llame de vez en cuando por teléfono, que juegue con ellos una partidita de ajedrez. Las investigaciones médicas han buscado explicaciones a estas mejorías inesperadas de los pacientes en los neurotransmisores del amor y los cuidados, en las hormonas que acompañan a la fe y sus certezas, en el repositorio ancestral de nuestras emociones primarias o en todo lo que se resuelva con el método científico.

El cuerpo, como depósito del alma, siempre será mayor a la ciencia que lo estudia. En este sentido, la medicina (sobre todo, la occidental), más cerca de la biofarma que de las energías sobrehumanas, no será suficiente para enfrentarse a un cuerpo que padece. Y curar no es el único deber de un profesional, como la culpa del pulmón enfermo no es solo del fumador ni de su pareja, que llevaba años advirtiéndole que dejara el tabaco. Desentendernos de la enfermedad como «objeto literario» nos desentiende del cáncer como palabra que ordena el miedo, distribuye culpas e impone silencios y ruidos. Nos coloca al final y no al principio de las ciencias médicas, que deberían estar no solo donde se cura el cáncer y se previene el riesgo, sino también donde este no se produce, donde se trabaja en la salud poblacional y no solo en la gente enferma, donde se influye en sus determinantes, en la exposición y la distribución misma del riesgo. También en el lenguaje y el imaginario que lo ilustra y narra. Pero ya sabemos lo que los tiempos políticos, las lógicas económicas y el orden social creen de ello.

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