Maternidades in vitro y las nuevas tecnologías del ser

Un texto publicado originalmente en Dialektika

Imagina por un momento tener la capacidad de crear vida en un laboratorio. Imagina poder inmovilizar un óvulo en la placa de Petri, introducir una microaguja en su citoplasma y liberar en él un espermatozoide saludable. Imagina luego incubarlo, observar cómo se divide, cultivar (literalmente) la vida, siendo perfectamente capaz de modificar genéticamente los embriones y luego implantarlos en un útero al que también has preparado artificialmente para que crezca esa misma vida, como en tierra fértil florece una semilla. 

Suena hermoso, ¿no?  

Imagina ahora que la persona que demanda el tratamiento de reproducción asistida tiene más de 50 años, requiere una donante, pero no cualquiera: insiste en una mujer blanca, europea, universitaria, de ojos azules, sana y quiere un hombre donante con similares condiciones. Además, quiere elegir el sexo y algunas correcciones genéticas y fenotípicas. Imagina que, debido a sus propias condiciones físicas, quiere repetir los ciclos de tratamiento hasta el cansancio o la enfermedad.  

Es en estos casos —muy frecuentes, por cierto— y en muchos otros igualmente complejos, donde entran en juego las fuerzas de siempre: la empresa privada, las grandes farmacéuticas, los intereses individuales, incluso la curiosidad científica. Es por ello que la reproducción humana asistida está altamente regulada, en algunos países más que en otros, como todo. 

Los dilemas éticos de la reproducción asistida

Desde hace poco más de un año que trabajo en una clínica especializada en este tema. He visto ir y venir a muchas personas con situaciones más o menos complejas. He seguido muy de cerca casos exitosos de parejas que se someten por años a tratamientos de fertilidad, hasta que finalmente logran el embarazo. También he asistido a otras parejas que de ninguna manera lo logran. Trabajando tan íntimamente con la creación de la vida, tengo la certeza de que la ciencia lo puede casi todo… y por eso la necesidad de regularla se vuelve imprescindible. 

Hace unos meses tuvo su hijo una de nuestras pacientes habituales: mujer de 57 años, opusdeísta, que, cinco hijos después, negoció con nuestro equipo médico su embarazo más reciente. Solemos reconocer a las personas que forman parte del Opus Dei sobre todo por sus creencias en la familia numerosa como acto de confianza en Dios. Para ellos, la reproducción es un don divino. Por tanto, lograr ser lo que en medicina se llama «madre añosa» es prioridad en sus finanzas. Menciono sus finanzas porque dichos tratamientos son restringidos al por ciento de la población que puede permitirse pagarlos; los presupuestos son bastante altos y las garantías, escasas.  

Según el Código de Deontológía Médica, los tratamientos de reproducción deben respetar la edad reproductiva de la mujer. El consenso entre ginecólogos, obstetras y otros profesionales del tema es de 50 años, siendo benevolentes (con el deseo gestacional y con la empresa privada) y asomando a los límites de las capacidades biológicas de los cuerpos. En el acápite del propio código dedicado al tema, la recomendación ética (no ya legal) es no sobrepasar los 45. Para ello habrán calculado varios factores: las mujeres cada vez menstrúan a mayor edad y maternan, si lo hacen, bastante más años que hace décadas. La evolución no se detiene, los cuerpos se ajustan al sistema y de pronto, coincidiendo en el capitalismo tardío y el culto a la productividad, la ciencia nos permite gestionar nuestro ser, nuestros años «útiles», contar uno a uno nuestros óvulos y congelar algunos para cuando tengamos la fórmula ideal: pareja adecuada, casa, matrimonio, contrato indefinido, un postdoctorado terminado y un trabajo que supere el salario mínimo. Se hace publicidad con los servicios de fertilidad y reproducción asistida, contrario a lo que dicen nuestros tratados mandatorios, y precisamente una de las fórmulas infalibles es: «Congela tus óvulos para que no congeles tu vida». 

Más allá de las leyes, los dilemas éticos de la reproducción asistida son infinitos. ¿Cuántos óvulos congelar? ¿Hasta dónde modificarlos genéticamente? ¿Qué hacer con los sobrantes? ¿Qué ocurre si son trasladados a un país extranjero? ¿Cuál será su nacionalidad? ¿Tienen los padres que estar casados? Y si es así, ¿en los países donde los matrimonios entre personas del mismo sexo sean ilegales no se podrán realizar estos tratamientos? ¿Hasta cuándo respetar la confidencialidad de los donantes? ¿Qué hacer si en el futuro hay que tirar de esa confidencialidad por cuestiones penales? Eso por no llegar hasta el punto en que los tratamientos repetidos vayan en detrimento de la salud de la mujer y cuánta influencia tienen en ello los intereses comerciales de las clínicas privadas. Las preguntas son inabarcables, el debate, infinito. Pasa con varios temas en las ciencias médicas, pasa tanto con el principio como con el final de la vida, la eutanasia, cualquiera diría que es porque nos coloca por encima o por debajo de Dios.  

Tecnologías reproductivas: ética, género y biopoder

La literatura recoge posturas conservadoras como la de Leo R. Kass en su ensayo The Wisdom of Repugnance. En este texto, Kass se refiere a la repugnancia moral que, según él, genera la reproducción asistida (entre otros procederes). Esta reacción de rechazo espontáneo se debe, según el autor, a que tales prácticas vulneran límites morales fundamentales: deshumanizan el proceso reproductivo, rompen el vínculo entre el amor de pareja y el placer erótico de la procreación y transforman la vida en productos fabricados. Además, critica la llamada «elección del diseño genético» como una forma eugenésica y utilitaria de tratar a los hijos, lo cual, en su opinión, amenaza la dignidad inherente del ser humano como fin en sí mismo. Generar vidas bajo condiciones de experimentación y control, advierte, atenta contra ese principio.

La repugnancia no es siempre un juicio ético articulado, pero no debemos ignorarla: es el modo como nuestra alma registra que algo profundamente antinatural y perturbador está ocurriendo.

Por suerte para todos, hay posturas que se han enfrentado a Kass mientras los planteamientos éticos de la reproducción asistida modelan sus legislaciones. La más reconocida es la de la filósofa Martha C. Nussbaum, sobre todo en su artículo Danger to Human Dignity: the revival of disgust and shame in the law, en el que plantea que las emociones morales como la repugnancia no representan fundamentos éticos y se han usado históricamente para justificar la misoginia, el racismo, la homofobia, la exclusión. Gracias a la repugnancia, «las brujas» han sido quemadas, el aborto prohibido y la unión legal entre personas del mismo sexo vilipendiada. Además, critica la postura de señalar la reproducción asistida como antinatural, cualidad que en sí misma no la hace moralmente inferior.  

Otra filósofa feminista, Donna Haraway, basó algunos de sus más reconocidos estudios en la idea del cyborg como símbolo de libertad ya que invita a disolver las fronteras del cuerpo, no define géneros, se sitúa en un punto medio entre lo humano y la máquina, lo natural y lo tecnológico. Es una metáfora que reinventa los cuerpos, los vínculos humanos y que traslada la idea de maternidad fuera de la moral naturalista y el «destino biológico» de las mujeres, que nacieron con «el don de dar vida» y otras frases que nos han mortificado a lo largo de la historia. Haraway lo ve como un acto tecnopolítico, no solo la maternidad in vitro sino también la natural, mediada por normas culturales, mecanismos de poder, sistemas y tecnologías médicas. Y es por ello que con las nuevas tecnologías está en juego: ¿qué cuerpos pueden maternar, y en qué condiciones económicas y sociopolíticas, legales y afectivas pueden hacerlo? 

El feminismo ha dividido también la bioética detrás de las nuevas tecnologías reproductivas. Aun así, continúa siendo difícil maternar si no eres una mujer blanca, cis hetero, legalmente casada. Por supuesto, es obvio pero necesario señalar que la experiencia de gestar está marcada por el lugar en el que naces, no es lo mismo un cuerpo migrante precarizado, que uno europeo, de clase media, con acceso a clínicas privadas.  

Bien podríamos verlo de otra manera: donde lo moral pone límites ante la desviación del modelo tradicional, hay espacio para la creatividad y la reparación. 

Yo, seguramente por deformaciones profesionales, no logro ver posturas éticas que no estén acompañadas de razones científicas. Es por ello, que para legislar es necesario un equipo multidisciplinario que, en temas tan dinámicos, deba constantemente modificar acápites y puntos de vista. Ningún caso se parece al anterior. La realidad de lo cotidiano muestra que los límites más abstractos, esos que no caben en una ley, se violan constantemente en beneficio del capital. Es por ello que la arteria principal de las legislaciones y las investigaciones requeridas deberían ser los servicios públicos, también carentes y deformados, pero eso ya es otro debate. 

Son las universidades, con el feedback de los hospitales que practican la reproducción asistida pública y gratuita, las que modelan los límites científicos, médicos y biotecnológicos. Por ejemplo, está demostrado que se pueden crear embriones en condiciones extremas, incluso cuando la salud del óvulo, del espermatozoide o del cuerpo a implantar no sea óptima. Una empresa privada podría (y lo hace) violentar estos límites, incluso en contra de lo que recomienda la normativa. Igualmente, se deben prevenir los embarazos múltiples, algo que se ha debatido como restricción moral, pero en realidad es un estándar clínico de seguridad. Los otros límites clínicos son claros: la edad materna es fundamental porque, aunque se pueda gestar, en condiciones adecuadas, hasta los 60 años o un poquito más (no sé si realmente hay límite biológico), los riesgos para la salud materna, incluyendo los psicológicos, y para el feto y futuro infante son relevantes. La maternidad debe basarse, además de en cuestiones biológicas, en expectativas de crianza realistas.  

Tuve una paciente, Gema, de 49 años. Se sometió en nuestras clínicas a múltiples tratamientos para lograr su embarazo, resultado de una tercera transferencia exitosa. Gema cumplió 50 años embarazada. Se casó para que el proceder al que se iba a someter fuera no solo más fácil legalmente, sino más «estructurado». Esta información, que no necesitamos, la dio ella misma en las primeras entrevistas. Gema sufrió cada semana de gestación, tenía miedo irracional a todo: a que una medida no coincidiera por un milímetro (literalmente) con las lecturas no especializadas que ella hacía bajo su propia responsabilidad, a resultados improbables, a patologías rarísimas. El día que le planificamos la cesárea, Gema entró en pánico porque sentía que no estaba preparada. Pero se hizo, su hermosa niña nació saludable, llena de vida, y Gema está atravesando una profunda depresión que la invalida de muchas actividades cotidianas, incluso lactar. Por suerte para todos, no está sola. 

Los tratamientos de reproducción asistida más prolongados e invasivos son causa fundamental de depresión posparto. 

El Crisper, el gran poder y la gran responsabilidad

Las ciencias médicas tienen en su haber grandes descubrimientos que han cambiado la historia de la humanidad: la penicilina, el éter, la pasteurización, los rayos X, etc. En lo que va de siglo, probablemente el descubrimiento más importante del que hemos sido testigos es el desarrollo de CRISPR-Cas9, la nueva herramienta para la edición del genoma. En realidad, desde 1987 se venía hablando de ella gracias a secuencias palindrómicas y repetidas descubiertas por casualidad en una Escherichia coli, pero las últimas noticias relacionadas las escuchamos cuando en 2020, dos mujeres fueron laureadas con el Nobel de Química: Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier; un Nobel bastante polémico, por cierto. El Crisper funciona como unas tijeras mágicas que cortan la secuencia de ADN defectuosa, que luego será reparada por enzimas especializadas.

Un antes y un después en la prevención, el diagnóstico y la terapéutica de las enfermedades, incluso de las raras. Recordarán el caso de K. J., el niño curado con dicha herramienta cuyo rostro vimos en todos los grandes periódicos. Todavía los científicos (los que aún tienen presupuesto para ello) intentan calibrar sus riesgos. Un gran poder implica una gran responsabilidad y, con Crisper, se abre un mundo de esperanzas y de catástrofes posibles. Editar el ADN bien podría significar transformar al ser humano tal y como lo conocemos. Lo cierto es que, al menos hasta la fecha, la opinión pública está de acuerdo en no usar la edición genética para funciones tales como modificar físicamente a una persona o mejorar su inteligencia, sus habilidades, sus predisposiciones. 

El bebé con deficiencia de carbamil-fosfato sintetasa fue una buena noticia, pero también hemos tenido malas. En 2018 el científico chino He Jiankui modificó genéticamente dos embriones para protegerlos del VIH, violentando protocolos y sin los debidos permisos institucionales. Las modificaciones que realizó son totalmente nuevas, así que las consecuencias son desconocidas. Jiankui no solo practicó técnicas que modificaron por completo el ADN de las gemelas, sino que no se sabe si les acortó la esperanza de vida, si pasarán a la descendencia o siquiera si los resultados previstos fueron satisfactorios.  

Es por ello que un país que tenga los recursos y la estructura para la reproducción humana asistida tiene un conjunto de responsabilidades para con la humanidad, y un laboratorio mínimo de una clínica privada no está exento de ello. La ciencia más especializada es bastante hermética, pero las interioridades de su mundo guardan un arsenal de creatividad y de teorización sobre las verdaderas posibilidades del ser humano.  

Me pregunto ahora, que la inteligencia artificial lidera cada proyecto, dónde están los límites reales de las ciencias médicas: si basta con la voluntad de un Estado para regular y trazar el camino de lo posible, cuán insano puede volverse el capitalismo en sus pretensiones, y cuáles son, en realidad, los caminos abiertos para nuestra especie. Las preguntas suenan pasionales, y lo son, sobre todo cuando se hacen entre los escombros de un viejo orden mundial en el que, además de lidiar con guerras ajenas, apenas quedan tiempo ni recursos para desarrollar la ciencia por fuera de las agendas del mercado.

Tal vez no sea del todo malo que los grandes descubrimientos se desaceleren en un contexto sociopolítico incapaz de hacerse cargo de sus propias consecuencias. Sin embargo, el deseo de crear y sostener vidas no se detiene. El dilema está en la responsabilidad de garantizar cuidados, dignidad y futuro. Y ese sigue siendo, acaso, uno de los gestos más profundos de nuestra humanidad.

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