y a punto de asfixiarnos,
vagamos con la boca abierta
y no encendemos ningún fuego,
para no consumir el poco oxígeno que nos resta (…)
Roberto Juarroz
Era la madrugada del 13 de agosto de 2021 y los cuatro médicos de la Sala de Urgencias estábamos fuera del cuerpo de guardia. Sosteníamos la mirada en el inicio de la calle, con ojos estirados, como quien espera que de pronto asome una esperanza.
Compartíamos el silencio. Luego de 48 horas de guardia médica solo aquello nos quedaba, ni sueño ni apetito. Ya había pasado algo más de un año desde que los tres primeros casos de COVID-19 abrieron paso a la pandemia y yo esperaba para graduarme. El virus no solo mató gente, sino que modificó vidas a su gusto. A punto de comenzar mi Internado —que es como se le llama al último año de la carrera de Ciencias Médicas— ya el coronavirus estaba siendo noticia. En pleno auge pandémico me gradué y comencé a trabajar, sin distinción entre uno u otro momento, ni tiempo para entrega de Títulos. Se modificó mi calendario, cambiaron mis planes, no iba a tener una graduación, mis rotaciones por las diferentes salas hospitalarias no serían posibles, mis sueños de especialización se veían frustrados y estuve desbordada en salas de urgencia, zonas rojas, vacunatorios, pesquisas. Los médicos no tuvieron confinamiento. Con una identificación podíamos andar a pierna suelta las negras avenidas de La Habana, vacías, hundidas en la bruma pestilente de la muerte.
Aquella madrugada estábamos fuera los cuatro, esperando, arrepintiéndonos de haber elegido esa y no otra profesión. Estábamos quemados, marcados por el filo de tres nasobucos, gafas y careta, que luego de días sin retirarlos se volvían navajas sobre la piel. Poco nos importaba ser contagiados, el atuendo iba y venían mientras peor era nuestro cansancio. Llevábamos casi un año pasando frío, durmiendo pocas horas recostados a paredes, en las mesas, sobre las sillas, comiendo mal, lidiando con jefes que jamás habían visto una muerte por coronavirus. Pero esa madrugada era distinta, estábamos todos envueltos en un silencio terrible: eran las primeras 24 horas sin oxígeno en el hospital. Se había agotado la reserva y habíamos tirado las últimas horas con los cilindros que iban quedando. Por cada cinco pacientes con la saturación en picada, teníamos un botellón disponible. Cuidábamos cada gota de oxígeno, vigilamos por horas el temblor de la aguja hasta que, sin mucho que hacer, se recostó impávida al cero. Mientras nosotros nos rotábamos el descanso, dilatando el tiempo, con los ojos puestos en la carretera, la gente se asfixiaba a nuestras espaldas. No había remedios. Inventábamos cualquier excusa para no verlo, uno aguanta la muerte en sus ojos un cierto número de veces, no más.
Llevábamos un mes trabajando con lo mínimo de las reservas y no nos tomó por sorpresa. Habíamos visto cómo países de mejores ingresos iban cayendo, uno a uno, y paralelo a los grandes canales de televisión los usuarios saturaban las redes sociales con los pedidos desesperados de oxígeno. La Organización Mundial de la Salud (OMS) había previsto que, a inicios de 2021, uno de cada cinco pacientes infectados con Covid podría necesitar oxígeno medicinal para sobrevivir al contagio. Había calculado que cerca de 1.5 millones de cilindros de oxígeno diarios serían suficientes para cubrir las necesidades de los países de ingresos bajos y medianos. Lo que la OMS no imaginó es que ese año aparecerían nuevas variantes del virus y un alza en la severidad de los casos. Así rompimos predicciones y pronto la razón fue de tres pacientes por cada cinco. Un paciente positivo al virus necesitaba de diez a veinte veces más oxígeno que un paciente que por otra patología le hiciera falta. Para la fecha en que Cuba quedó en cero, ya otros países habían mostrado sus experiencias. Nacieron organizaciones solo para ayudar a los gobiernos a sobrepasar aquella pesadilla: el Proyecto Respiratory Care Response Coordination fue el más prolífico, que incluía en su matriz a PATH y a Every Breath Counts, asociación pública/privada que ayudaba en esta emergencia a países de bajos y medios ingresos. Pero esas organizaciones no tienen cabida en Cuba por razones políticas.
Habíamos pasado bastante bien la primera ola de casos. Sin embargo, no fue así con la segunda.
El reloj de la Sala marcó las tres de la mañana. Por la calle oscura que daba al hospital subían luces rojas y azules de patrulla. Detrás venía un camión con cuarenta y cinco botellones de oxígeno medicinal, rodeado de cuatro motos policiales. El sonido de la urgencia despertó al personal sanitario. Todos nos espabilamos, nos pusimos los tres nasobucos que nos condenaban a una asfixia parecida y supimos, aliviados, que el próximo día vivirían, al menos, quince pacientes. Los elegiríamos basados en criterios totalmente subjetivos, violentando protocolos ministeriales que, sin atinar a soluciones, cambiaban cada 24 horas: edad, patologías, niveles de saturación que, a medida de que los casos aumentaban en miles, se iban difuminando y nos ponían a señalar con el dedo, a ciegas, quién viviría y quién moriría entre dos personas en iguales condiciones. Por los meses que duró el pico de casos, los médicos concedíamos la vida y la muerte, en un sentido más literal del que hubiésemos querido.
Cronología de un desastre
El domingo 15 de agosto en horas del mediodía, el ministro de Salud Pública, Dr. José Ángel Portal Miranda, compareció en televisión nacional para enunciar la situación del déficit de oxígeno en la Isla. La declaración fue catalizada por los crecientes reclamos en las redes sociales por parte de usuarios y profesionales de la salud, con el 11 de julio1 aún fresco y la situación política del país bastante tensa. El ministro se refirió a la razón del déficit de oxígeno medicinal: la mayor planta de producción del país había colapsado. Señaló que se crearía un Consejo de Dirección encabezado por Miguel Díaz-Canel, Presidente de la República, y el Primer ministro, Manuel Marrero, que se activarían los Ministerios de Industria, de Comercio Exterior, las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior para viabilizar “un grupo de soluciones”, y pidió a la población agudizar los cuidados. Con pocos detalles, la omisión de fechas y la no ejemplificación de soluciones, la gente quedaba enterada de que la tendencia de la situación era a empeorar. Los médicos no pudimos hacer más que pasar el aviso en cada relevo de guardia, “no hay oxígeno, no habrá oxígeno”. Le hicimos rechazo a los noticiarios, a las notas informativas que convertían las muertes en números, en esquemas, y se precipitaban al “no hay nada que hacer al respecto”. Solo nos quedaba montar escenas de lo que vendría, calcular las posibles muertes, alejarnos de casa y atenernos a protocolos que no coincidían con la realidad.
En Cuba, para entonces, había solo dos plantas de producción de oxígeno medicinal: OxiCuba, ubicada en La Habana, encargada del 95% de la producción del gas para cubrir las demandas de 700 centros asistenciales, el resto quedaba a cargo de la planta ubicada en Santiago de Cuba, que garantizaba la distribución en la región oriental del país. El oxígeno médico se entregaba a las reservas hospitalarias de dos formas: a granel, en tanques de reserva líquida, o como gas presurizado, en cilindros. Las dos plantas garantizaban el llenado de las gasificadoras instaladas en 40 puntos, desde donde se reparte a los centros hospitalarios. La mejor y más barata alternativa es la de reservas líquidas, pero requiere una infraestructura hospitalaria adecuada que incluye tuberías y conexiones a cada camilla. Los cilindros no requieren tales condiciones pero es menos rentable, más engorroso de transportar y manipular y su uso multiplica el riesgo de contaminación cruzada.
En tiempos normales, OxiCuba produce más de lo que demandan los centros hospitalarios. Pero un paciente positivo al coronavirus requiere de diez a veinte veces más oxígeno que un paciente con otra patología que lo necesite. Según Yamilet Fuentes Pardiñas, Directora General de la Empresa de Gases Industriales de Cuba, en marzo del mismo año no había dificultad con la producción del gas. Pero en marzo los contagios se mantenían a razón de aproximadamente mil casos diarios. Los meses de julio y agosto marcaron los mayores picos pandémicos y los contagios diarios oscilaban entre 8 y 9 mil positivos. La infraestructura estaba siendo sobreexplotada.
El día anterior a la declaración del ministro en televisión nacional se había igualado el récord de decesos de toda la pandemia, con 98 personas fallecidas. El MINSAP confirmaba 577 668 casos activos. Los médicos le añadíamos dígitos a las cifras oficiales, la rápida expansión del virus volvía los datos inexactos, el ingreso obligatorio hizo a las personas escabullirse de las postas médicas y esconder los síntomas para pasar el virus en casa. El promedio de contagios diarios en agosto aumentó un 39,2% con respecto a julio. Septiembre abrió con 5464 decesos. Por varias semanas la tasa de positividad se mantenía alrededor del 20%, cuatro veces más de la tasa indicada por la OMS como alarma de alta circulación viral. Los hospitales provinciales que antes se abastecían con 13 000 litros para consumir hasta 700 por día, apenas recibían 4790 litros cuando la demanda era de 2600 litros diarios, y más.
Los medios de prensa estatal e independiente muestran, si se hace una sistematización de los hechos, que las Fuerzas Armadas llevaron adelante el grueso de soluciones: la base aérea de San Antonio de los Baños, propiedad militar, fue ocupada por una planta donada por Rusia con capacidad para 120 cilindros diarios, un helicóptero militar los trasladaba, el Ministerio del Interior se encargaba del transporte por tierra, se importaron concentradores de oxígeno para la producción a volúmenes bajos, el Complejo de procesamiento de gases de las regiones militares operaría para el MINSAP de forma estable hasta que la solución llegara. La pieza fue importada en septiembre y técnicos extranjeros se ocuparon de, finalmente, recuperar la planta principal.
Para el bien de todos
Cuentan los libros viejos que Ángel Arturo Aballí, uno de los médicos más importantes de la historia nacional y padre de la Pediatría cubana, vio morir en sus brazos a seis recién nacidos en 24 horas, en el año 1926. Luego de aquel episodio mantuvo un luto prolongado y, alejado de la actividad clínica, preparó lo que fuera una histórica conferencia en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, donde aseguraba que la muerte infantil en Cuba era la mayor vergüenza política, imagen exacta de la desprotección y la pobreza diseminada por los regímenes autoritarios, resultando en una amarga situación de insalubridad. En su mano se agitaba lo que sería el primer número del periódico “El Cubano Libre”, estrenando la imagen de médico como líder social y llevando el gremio a la asociatividad y a la huelga.
Los años de efervescencia revolucionaria no dejaron tiempo ni recursos a los sistemas de salud, pero la clase media de la época, nutrida en la entonces Cuba republicana, estaba bastante extendida. Los médicos solían graduarse en las grandes universidades europeas y regresar. Al momento del triunfo revolucionario, en 1959, coexistían poco más de seis mil médicos en una población de seis millones de cubanos. Tres años bastaron para que la mitad de ellos decidiera abandonar el país, huyéndole a la incertidumbre de la transición y dejando una importante crisis sanitaria en Cuba.
En busca de soluciones, Fidel Castro y el equipo de gobierno crean las condiciones para fundar, en 1961, el Sistema Nacional de Salud (SNS) bajo los principios de gratuidad, accesibilidad, equidad y universalidad, como un derecho de la población y una responsabilidad del Estado. Medicina fue una carrera al alcance de la mano, ya no había que ser de familia rica e irse a París a recibirse. Mi madre, hija de campesinos, salió de las vegas de tabaco para irse a vestir de blanco y volver como pediatra, en una graduación multitudinaria de médicos listos para cubrir los centenares de policlínicos que atendían un promedio de 30 mil personas cada uno. La Salud Pública pasó a ser prioridad y logro fundamental del programa revolucionario.
El 10 de abril de 2019 la recién proclamada Constitución de la República de Cuba retomaba en su artículo 72 a la Salud Pública como un derecho inalienable de todas las personas. Así mismo otorgaba al Estado la responsabilidad de garantizar el acceso, la gratuidad y la calidad de los servicios de atención, protección y recuperación. La Organización Panamericana de Salud (OPS) recoge evidencia importante sobre el modelo de atención del sistema cubano hasta el primer trimestre del año 2018. La información no se ha actualizado desde entonces.
La OMS enfatiza la necesidad de mantener en el centro de los debates la universalidad y la gratuidad de los servicios médicos, cuánto cuesta y a quiénes les cuesta, más aún cuando las contribuciones privadas continúan siendo de gran peso en las formas de financiamiento. Las medidas neoliberales, que han renovado fuerzas con el auge de partidos latinoamericanos de derecha, tienden a asfixiar las políticas sociales y recortar los presupuestos del sector de la salud y la asistencia social. Las autoridades internacionales desaprueban la planificación del financiamiento de los sistemas de salud en detrimento de la cantidad de dinero destinado a este fin y reclaman la eliminación de barreras financieras de acceso a los servicios y el uso justo de los recursos disponibles.
América Latina no tiene en este aspecto un comportamiento homogéneo. Si contrastamos al Sistema de Salud cubano con el de Brasil o México, cuyos indicadores de desigualdad en el acceso y la cobertura llevaron a los efectos más devastadores de la pandemia, resultará que el cubano es bastante superior en diseño y estrategias. Si buscamos en las estadísticas de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) sobre la base de la información oficial de gastos sociales, se puede llegar a la conclusión de que la mayor parte de estos son administrados y operados por los ministerios y los programas médicos de los sistemas de seguro social. A su vez, estos son nutridos por los ingresos generales del gobierno central, por los fondos de los sistemas de seguro social y en impuestos destinados específicamente para este sector. Los gastos directos que realiza cada núcleo familiar en forma de pagos por servicios médicos, para la compra de medicamentos y otros insumos, son un estrato fundamental en el equilibrio público/privado del financiamiento de los servicios sanitarios en la región.
En Cuba, la estructura del Sistema de Salud responde a un modelo centralizado. Cuenta con tres niveles administrativos: las direcciones de salud municipal y provincial se supeditan a la dirección nacional. De forma paralela, estas se subordinan a las respectivas asambleas del Poder Popular, de quienes reciben el presupuesto, el abastecimiento, la fuerza laboral, el diseño y la planificación de estrategias. Esto garantiza que en los servicios de salud solo participen agentes estatales, como única herramienta para la conservación de un sistema público y de calidad uniforme para todos los cubanos.
Es el presupuesto del Estado, articulado a través del MINSAP, el que incide en el financiamiento de cada uno de los eslabones del sector. El ministerio, con la debida aprobación del Consejo de Estado y de Ministros, distribuye los fondos entre los distintos niveles y unidades de atención a través de las asambleas provinciales y municipales.
Sumas, restas, inversiones
En los últimos años Cuba ha pasado por todo tipo de tragedias: aviones estrellados, recrudecimiento de medidas coercitivas bajo el mandato de Donald Trump, pandemia y hospitales colapsados, huelgas de hambre, manifestaciones, centenares de presos políticos, la explosión del Hotel Saratoga justo en el centro de La Habana y la de los depósitos de petróleo en la ciudad de Matanzas, dejando las escenas más tristes de nuestra memoria postrevolucionaria. Hay quien culpa al tiempo, hay quien se encomienda a los Orishas y dice que el Presidente esta osogbo. Está quien hace cálculos y apunta directamente a un gobierno corrupto.
Gran parte del bienestar social se podría atribuir a los resultados de las luchas sociales democratizadoras y su traducción en los derechos. Esto no excluye a la salud, es más, la salud engloba el bienestar social dentro de sus pilares y no se reduce a la ausencia de enfermedades. En ausencia de mecanismos de control social, el pueblo sufre las consecuencias de élites que velan por sus intereses antes de que la transición política les alcance.
La ejecución del plan de inversiones a partir del presupuesto del Estado, es un ejemplo certero. Según los anuarios de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), en 2021 el PIB de Cuba creció un 1,3% luego de la fuerte caída del año previo, tasa aún recesiva. A este incremento contribuyó, en primer lugar, el sector de la salud pública (14,3%). En 2022, el PIB creció un 1,8% e igualmente este sector le fue favorable.
La Exportación de servicios médicos a través de las distintas misiones de cooperación internacional, junto a la modalidad de exportación en fronteras —el llamado turismo de salud— representó el 58,1% del valor de la exportación de servicios en el 2020. En el 2021 fue de 73,9%, y en el 2022, el 69,1% del total. Las exportaciones de servicios asociadas al turismo han desempañado un distante segundo lugar, alcanzando un 12,4% del total en el 2022. Ambas, junto al envío de remesas a Cuba representan el grueso de la entrada de divisas a Cuba.

- Gráfico tomado de El Estado como tal2
El SNS ha experimentado un proceso de descapitalización bastante importante en los años recientes. Esta afirmación puede verse reflejada en los propios números oficiales: el volumen de inversiones por clase de actividad económica muestra que en el año 2021 se invirtió 20 veces más en Servicios empresariales, actividades inmobiliarias y de alquiler3 —correspondientes en gran medida al turismo— que en Salud Pública, a pesar de que la ocupación media hotelera fue de un 12,7%. En 2022 se invirtió 15 veces más en los primeros que en la segunda. Los datos disponibles sobre el sector del turismo hasta junio de 2023 muestran que la ocupación media hotelera ha sido de 27,9%. De cada 10 habitaciones hoteleras, 7 no se utilizan.
Todo esto confirma la persistencia de una estructura muy deformada de la inversión en Cuba que llega hasta la primera mitad del 2023. Los servicios empresariales, las actividades inmobiliarias y de alquiler, junto a la inversión en hoteles y restaurantes, concentran el 30,6% de la inversión nacional. En medio de una situación sanitaria que se agrava, la inversión en el sector de la salud representa el 1,4% del total, incluso menor que la de 2022, que fue de un 2%.

- Gráfico tomado de El Estado como tal4
La comparación es inevitable y las estadísticas muestran, pero no hacen justicia al panorama desolador del sistema sanitario frente a la cantidad exorbitante de hoteles que erizan el skyline de La Habana. A todo esto agregamos otras variables igualmente descriptivas: en 2022 el salario medio estatal creció solamente un 26% mientras el costo de la vida aumentó un 46,4%, todo esto en un escenario de creciente inflación sostenido en el tiempo, insostenible a mediano y largo plazo. Siendo el sector de la salud una de las tres actividades con mayor número de empleados en Cuba —94 066 personas registradas— sus salarios son inferiores al medio nacional. El salario medio mensual de un trabajador de salud pública es de 4127 pesos cubanos. Al cambio oficial este monto es equivalente a 34 dólares estadounidenses (USD), en el mercado informal de divisas hoy equivale a 16 USD. Es en divisas como se adquieren los productos básicos para la vida, no disponibles en moneda nacional.
Como resultado de la precaria situación de la Salud Pública en Cuba, de la insostenible vida de sus trabajadores, de las secuelas de la pandemia y las medidas impuestas por los Estados Unidos a través del bloqueo económico, comercial y financiero —que interfiere en la adquisición de componentes básicos para la elaboración de fármacos y demás productos—, el personal facultativo del MINSAP ha sufrido una peligrosa disminución en sus filas: solo en el último año 31308 personas relacionadas con el sector dejaron de laborar, de ellas 12065 eran médicos. No se debe sacar de un contexto mucho más desolador: Cuba vive la mayor crisis migratoria de su historia, el sector de la salud no queda exento de tales cifras.
Por otro lado, la infraestructura hospitalaria no cumple con estándares básicos de calidad y la crisis de enseres y medicamentos es catastrófica. No existen datos oficiales actualizados del tema pero medios de prensa independiente como Periodismo de Barrio y OnCuba ofrecen trabajos muy detallados, con información que contrasta los números oficiales con el flujo del mercado informal, cronologías y diferentes perspectivas que decantan en una sola aseveración: la crisis sanitaria se agudiza con los años. Según estudios del Observatorio Cubano de Derechos Humanos en 2021, 8 de cada diez personas encuestadas no encontraban sus medicamentos en farmacia. En el 2022, el 38.4% de los medicamentos que el Grupo Empresarial BioCubaFarma5 proveía a la población no se encontraban disponibles. Las importaciones de productos farmacéuticos en el período de 2018 a 2021, fueron tres veces mayores a las exportaciones. La escasez ha obligado a la población a buscar alternativas: se han articulado grupos de cubanos que envían donaciones de forma estable a Cuba y que han sido fundamentales en momentos puntuales de crisis. Además, se ha retirado el impuesto aduanal y el límite de peso para la importación de medicamentos. Todo esto nutre el mercado virtual en las redes sociales de más tráfico en Cuba —Facebook, telegram y whatsapp— donde las personas ofrecen comprar, vender, o intercambiar medicamentos sin regulaciones de las autoridades, convirtiéndose en un caldo de cultivo para la corrupción, los precios abusivos, la falta de control de calidad farmacológica, de vigilancia, ni siquiera sobre los medicamentos de uso intrahospitalario y de alto riesgo.
Indicadores básicos de salud
Existen indicadores pautados por la OMS y, en sus instancias, por la OPS, que reflejan la calidad de un sistema de salud. Son parámetros tan sensibles que se vuelven imprescindibles a la hora de analizar políticas públicas, monitorear el logro de las metas de salud y el cumplimiento de los mandatos adoptados por los Estados Miembros y la propia OPS. El objetivo principal de los indicadores básicos es monitorear la salud de la población de cada país. Uno de ellos, por ejemplo, es la Mortalidad Infantil (MI), expresión del desarrollo socioeconómico que marca el riesgo de morir de un infante antes de cumplir el primer año de vida. El 2021 cerró con una tasa de MI de 7,6 por mil nacidos vivos. El 2022 cerró con 7,5 por mil, presentando 3694 nacimientos menos del total del año anterior. Hace apenas cinco años, la tasa de MI era de 4 por cada mil nacidos vivos, cifra que nos colocaba en el primer país de Latinoamérica en tales parámetros. Las tasas de MI sufren una importante regresión: tenemos números que igualan a los datos de 1988, lo que significa un retroceso de 35 años para un parámetro tan sensible como este.
Otro indicador bien podría ser la esperanza de vida al nacer, que cayó hasta situarse en 73,68 años —teniendo en cuenta ambos sexos— en el 2021. En el 2020, la esperanza de vida al nacer era de 77,57 años, cifras no se repetían desde 1989.
Variaciones del futuro próximo
La pandemia de COVID-19 y el capítulo del déficit de oxígeno en el país debido a la sobreexplotación de la infraestructura, han significado un punto de inflexión para el sistema público de salud. A esto debemos agregar la producción de vacunas propias para combatir la pandemia —SOBERANA 02, SOBERANA Plus y ABDALA— y todo el presupuesto que se dedicó a ello en contexto extraordinario, de contingencia, fuera del presupuesto anual —cabrá preguntarse si hubo previa discusión en la Asamblea Nacional, si participó la cooperación internacional, si el presupuesto salió de las propias instancias del ministerio de salud—. La deformada estrategia de inversiones por parte del Estado no compensa dicha situación y, como tal, se refleja en medidores fundamentales de la calidad de los servicios.
Más allá de las estadísticas y los gráficos, queda la cotidianeidad de las personas. Si alguien se apresura y hace un diagnóstico de nuestro futuro, basado en evidencias, puede concluir que la situación sanitaria tiene tendencias a empeorar, en correspondencia con el recrudecimiento de la crisis a todos los niveles. La inversión en servicios empresariales, actividades inmobiliarias y de alquiler y otros sectores relacionados al turismo, ponen al país en una situación muy delicada, además de teñir el debate con “sospechas” de corrupción.
Según Pedro Monreal, basado en los números ofrecidos por The Economist al cierre del 2022, los estimados de la deuda externa cubana son preocupantes, pues se pronostica que hasta el 2024 las cifras sean estables y elevadas “de alrededor de 30 mil millones de dólares, con incremento del componente de pago de intereses”. A su vez, Juan Triana Cordoví6 plantea que una de las posibles soluciones es “enajenar activos” para aliviar la deuda, siendo tan polémico como es privatizar bienes del Estado en un país que se reconoce como socialista. Juan Triana, desde su voz autorizada, propone usar las decenas de hoteles erigidas por el sector del turismo y que han ocupado un volumen indiscriminado de inversiones, junto a las empresas estatales y las tierras ociosas, para canjearlos por deuda. “Hace falta ser realista”, termina su polémico artículo, abogando por las alianzas público-privadas y por “el socialismo que podemos”. Tal artículo usa la premisa del pueblo como “propietario” de estos bienes, cuando a los efectos de la vida política, ese mismo pueblo no tiene capacidad para interferir en las políticas públicas, ni tiene espacios ciudadanos que permitan criticar, fiscalizar y proponer al gobierno.
La propiedad privada se abre paso en el país. Cabe preguntarse qué ocurrirá con un sistema de salud que no se repuso a la pandemia, aunque la prensa oficial muestre lo contrario. Las inversiones, los parámetros internacionales de calidad, el mercado informal de medicamentos supeditado a la preocupante escasez plantea un escenario ideal para el florecimiento de políticas neoliberales, para la acentuación de brechas sociales perpetradas por el acceso desigual a los servicios de salud, para la privatización de varios de ellos con el argumento de “sostenibilidad”.
La privatización de los sistemas sanitarios tiene resultados discutibles, pero lo que sí es invariable es que representa una amenaza a la salud poblacional y a la equidad en el acceso a los servicios. Dentro de las bondades señaladas por los defensores de los sistemas sanitarios privados, se señala que tienen un efecto positivo sobre la sostenibilidad del sistema público ya que lo descongestiona haciendo que incluso ahorre dinero, sin embargo, múltiples estudios han demostrado que la coexistencia del sector privado puede, en realidad, detraer recursos del sector público.
Enlazada en su raíz con la pobreza, la privatización de algunos de los servicios sanitarios sobre las condiciones actuales de Cuba sería un camino certero a la agudización de la desigualdad social, cuyas consecuencias serían peores para los sectores más vulnerables. Esta estrecha relación entre enfermedad y pobreza, que se agudiza en sistemas sociales y sanitarios regidos por políticas neoliberales, ha sido bien estudiada y es conocida como círculo Horwitz, que ilustra como “hombres y mujeres enferman porque son pobres, se vuelven más pobres porque están enfermos y más enfermos porque son más pobres”.
Solo versados en el tema se atreven al juego de adivinar el futuro de Cuba, a unir piezas de un rompecabezas que se complejiza con los años, pero lo cierto es que, más allá de números y estadísticas, no se puede tener certezas de lo que nos depara. Si de todas formas nos atrevemos un poco más, descartamos casi todas las fórmulas en que los sectores más vulnerables mejoren sus condiciones de vida, en que los bolsones de pobreza sean rescatados. Cabría preguntarse si existe una relación entre régimen político, calidad del sistema de salud y, de paso, de la propia vida.
Tal vez con la transición —si ocurre— se logren ciertas libertades que permitan a los futuros ciudadanos fiscalizar el porvenir de un país que vive la mayor crisis política, económica y, en consecuencia, sanitaria de su historia postrevolucionaria. O tal vez en ese trámite queden los inevitables olvidos.
Mientras el tiempo pone todo en su sitio y las decisiones nos alcanzan desde arriba, en ese rejuego geopolítico que condiciona las vidas comunes, la gente pierde la simpatía por la condición insular y se va, por mar, por selva, o por aire, inventando visas o pagando coyotes. Los profesionales de la salud siguen renunciando a sus carreras y sus títulos para dedicarse a cualquier oficio que le permita llegar a fin de mes. De los cuatro médicos que aquella madrugada de agosto vieron morir a la mayor parte de sus pacientes, solo una queda en Cuba: yo, y poco después de aquel día dejé de vestirme de blanco.
Hemos visto reflejado en los últimos años el más oscuro de nuestros posibles futuros, como si no nos hubiésemos recuperado de la crisis, de las tantas crisis, y el Sistema pudiera ser en sí mismo un animal en asfixia. Mientras, la incertidumbre acompañará el día a día, y estaremos vagando con la boca abierta en cualquier ciudad del mundo, o en esta, hasta que respirar vuelva a ser imperceptible y la voz de la democrática Cuba no sea ajena a la vida que se ha consumido en su derecho a existir.
Notas al pie
- El 11 de julio de 2021 tuvo lugar en Cuba la mayor manifestación popular luego del triunfo revolucionario, en enero de 1959. Uno de los reclamos más extendidos fue el sanitario, junto a la voz de “libertad”. Las autoridades reprimieron a los manifestantes por orden del Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez. A día de hoy suman 1047 personas apresadas como consecuencia del 11J en Cuba.
- Gráfico basado en estadísticas de la ONEI, tomado de El Estado como tal, Blog del economista cubano Pedro Monreal, Especialista del Programa de Ciencia Sociales y Humanas de la UNESCO, Doctor en Ciencias Económicas.
- Actividades económicas manejadas por el Grupo de Administración Empresarial S.A. (Gaesa), un megaconglomerado de empresas pertenecientes a las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Ha monopolizado las zonas de mayor rentabilidad y potencial turístico, a través del grupo Gaviota. Controla operaciones en la transportación marítima, agencias de viajes, inversiones inmobiliarias, administración de supermercados y tiendas minoristas, estaciones de gasolina, servicios financieros y de telecomunicaciones. Su presidente ejecutivo, fallecido repentinamente el primero de julio de 2022, era Oficial de la Contrainteligencia Militar y ex yerno de Raúl Castro. En 2020 fue incluido en la lista de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro de Estados Unidos. No se sabe con exactitud cuánto dinero maneja Gaesa.
- Gráfico basado en estadísticas de la ONEI, tomado de El Estado como tal, Blog del economista cubano Pedro Monreal, Especialista del Programa de Ciencia Sociales y Humanas de la UNESCO, Doctor en Ciencias Económicas.
- El Grupo Empresarial BioCubaFarma suministra el 58.8% de los medicamentos que forman parte del cuadro básico del país. De los 996 productos que fabrica la institución –conformados por medicamentos, vacunas, sistemas de diagnóstico y dispositivos médicos–, 757 se destinan al sistema de salud pública. A su vez, la Empresa Laboratorios MedSol –perteneciente a BioCubaFarma– produce el 35% del cuadro básico del país y el 77.8% de los medicamentos otorgados mediante tarjetas de control.
- Doctor en Ciencias Económicas y Profesor Titular del Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana.